jueves, 25 de octubre de 2007

Algo.- El joven y el mar

Aun lo recuerdo, era un niño cuando lo conocí, habíamos ido con mi hermana, mi prima y mi mama al trabajo de papá, cuando íbamos siempre nos llevaba a pasear y conocer un poco mas esa ciudad que estaba cobijándonos, así fue que nos llevo al Callao, a conocer un poco mas del verano y porque a cada rato sentíamos la ansiedad de ir a sentir algo de brisa sencilla y relajante. No conocía ese lugar, pero sentía la ansia de llegar y tomarme un helado. Mi padre nos hizo bajar en la plaza y de ahí caminamos, llegamos hasta un punto donde un conglomerado de gente peleaba por ubicar algún buen lugar, parejas de enamorados buscaban un punto exacto donde pararse y como unos niños peleaban por comprarle a un heladero. Nos señalaron un lugar exacto y llegamos, en una pequeña zona cubierta con cemento se alzaba un detalle algo preparado como para nosotros. Al acércame vi lo que quería ver, frente a mi y entre el cielo y la tierra se hallaba las olas incesantes de las aguas. Ese día conocí el mar. Cuando me senté a vero mi padre hablaba con mama sobre asuntos diversos, por mi parte me quedaba callado escuchando el sonido de las piedras ante el retiro de las olas, como pidiéndole que por favor no se retire de donde estaba, que se quedase. Estuvimos casi 20 minutos allí, nos dijeron que nos íbamos, pero no quise, pedí que por favor nos dejen un rato, me sentía bien ahí, sobre todo cuando la brisa que provocaban las olas me hacían sentir en los aires. Tuvimos que irnos y no lo vi hasta apreciarlo por la ventana de los micros donde iba.
Ahora, pues, como siempre, busco un momento indicado para poder ir a caminar por la playa, a pesar de estar algo ocupado con los asuntos de la universidad, y también entre la disyuntivas de olvidar o no continuar insistiendo. No sé que hacer hasta pasados unos minutos. Luego de tormentosos examenes y después de ver la reacción del olvido ante mi persona, procuro en todo aspecto ir a buscarlo.
Salgo con dirección hacia algún lado, caminar por ahí, eso me calma, sentir como mis piernas van sin dirección alguna por puntos distintos de la capital apaciguaba esas preocupaciones que no dejaban de rondarme el cerebro, llegue a la conclusión que vivir en la calle era el mejor remedio para alejarme de todos esos problemas que ni me dejan dormir.
Actualmente siento por el mar un cariño sincero, como si fuera un amigo mas de todos los que tengo y que recibe esas lagrimas que me toca derramar, como si fuera un compañero que hacia oídos cuando me veia, que escuchaba atentamente las penas. Hasta hoy lo hace, y me siento bien así, aunque siempre me da mis cachetadas. Cuando me quiere decir que si, sus olas llegan cerca de mis pies, y cuando dice no muestra estar bravo, y cuando se molesta suelta una ola tan grande que procura mojarme lo mas mínimo que pueda (créanme que me pasa). Pero me doy cuenta a pesar de todo que el mar sirve para refrescarse, no al momento de bañarse, sino que puedes refrescar tu alma y tu corazón.

4 comentarios:

Glenny dijo...

El mar, me encanta la playa, creo es la unica cosa que puede escuchar tus pensamientos sin esperar que te de la opinion que cree mejor te conviene ....

Soy_Dd dijo...

Era muy pequeña yo cuando nos presentarón...que bonito relato, el mar es una de las cocas más deliciosas que nos regala la madre naturaleza!

Byesitos q tengas buen inicio de semaniki

JARANOVICH dijo...

Buena crónica, siempre hay algún lugar especial que nos espera para ciertos momentos de introspección.

Saludos,

Nocturno dijo...

El mar es el mejor relajante ke hay, aunke en verano es complicado con la cantidad de gente. Me gustan las playas solitarias, sentado en la arena en primavera u otoño, contemplando el mar, respirando profundo, sin pensar en nada, el paisaje invade tus sentidos, solo eres consciente del sonido del vaiden de las olas....es lo màximo!.